Texto por Natalia Gutiérrez Zúñiga, integrante de Somos Muchas
En las paredes de un hogar pequeño donde solo lo habitaban una madre y su hija, la palabra feminismo rara vez sonaba, pero los consejos sabios de mamá retumbaban. “Hija, sé independiente”, “Hijita, estudia para cambiar el mundo y el tuyo”, “Hija mía, no permitas que un hombre te haga de menos”, “Lucha, no te cases si no lo deseas y ámate siempre a ti; tu mente te llevará lejos”. No hacía falta recitar libros de texto o ir a un salón de clase para entender que esa madre, mi madre, en aquellos años de crianza lo único que buscaba era la emancipación de su hija; emanciparla de una sociedad y sistema patriarcal que la quiere dócil, callada y sumisa; eso era feminismo desde la trinchera de los cuidados.
El amor es más fuerte que la piedra, esa que tiran para oprimirte y silenciarte, pero luego esconden la mano y tachan de “normal” actos machistas hacia las mujeres. El amor en acción, en cambio, cuida y transforma; ese amor lo heredamos de nuestras ancestras, de aquellas que peinaron nuestros largos cabellos y enseñaron cómo cuidarlos, de aquellas que nos pasaron la receta de esos remedios caseros para curar el dolor que tanto punza el alma, aquellas que con sus manos nos dibujaron la ruta y con sus consejos nos pintaron el camino. Por mucho tiempo hemos visto hogares ser sostenidos por nuestras madres, tías, abuelas y hermanas; son ellas quienes han estado al frente de esta batalla contra los peces grandes, contra los favorecidos por el sistema, contra los opresores. Resistir no siempre es fácil; agota, drena y hasta enferma. Desde los cuidados se resiste, desde la enseñanza y el traspaso de sabiduría se reafirma la lucha, desde la hermandad se conquistan victorias.
Somos herederas de lucha, guardianas de la resistencia y constructoras de un futuro justo. Nuestra lucha es resistencia, nuestra resistencia será revolución. Los años han pasado y la batuta ha sido traspasada de generación en generación; madres y abuelas han estado en la línea de guerra para que hoy estemos las voces jóvenes coreando consignas y gritando por las que ya no están. Las faldas de nuestras abuelas son un mapa de hilos que tejieron la historia. Siempre supimos que asumíamos un gran reto: el reto de construir un mundo de iguales, donde la armonía gobierne y el sistema capitalista, neoliberal, colonial y patriarcal deje de atravesar nuestros cuerpos e identidades. Este camino no es fácil, no lo fue antes ni lo será ahora, pero nos sostenemos entre nosotras y en la memoria.
El cielo se pinta de morado, la marea verde es fuerte y no se detiene. El 8 de marzo es el día donde la colectividad femenina inunda las calles, día en donde el ser calladita y bonita se patea, se rompe y se destruye. El Día Internacional de la Mujer Trabajadora es para exigir lo que sistemáticamente se nos ha negado por años, pero también celebramos y honramos las conquistas que nuestras predecesoras han ganado. La batalla también se gana desde lo privado, desde lo íntimo y personal; todos los días se lleva una conquista: estar vivas en un país donde violentan derechos y las máscaras de los verdugos se protegen. Gritamos una vez más: ¡basta! Exigimos lo nuestro, lo colectivo, la vida, porque somos críticas, subversivas y elocuentes; somos muchas.